18. México: Lanzan publicación sobre Crímenes de odio por homofobia

Está disponible para descarga Crímenes de odio por homofobia: un concepto en construcción (2012), de Rodrigo Parrini Roses (Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco) y Alejandro Brito Lemus(Letra S, Sida, Cultura y Vida Cotidiana, A.C.). El documento presenta los resultados de una investigación que busca contribuir al cabildeo y la defensa de los derechos humanos de lesbianas, gays, bisexuales y personas trans (LGBT), mediante el análisis cualitativo de asesinatos donde la homofobia emerge como causa y discursos sociales en torno a ellos (periodísticos, jurídicos, judiciales y académicos) en México.

La publicación aborda los múltiples sentidos, así como los límites y posibilidades explicativas de este concepto –surgido en la década de 1980 en los Estados Unidos y que empieza a cobrar especial relevancia en el contexto latinoamericano a partir de las décadas de 1990 y 2000– respecto de las violencias sistemáticas y estructurales contra personas LGBT. Considera la complejidad de cruces entre dichas violencias, la construcción social de la masculinidad y factores como la raza, las clases sociales y las generaciones en el ámbito regional.

En México, afirman los autores, la prensa ha jugado un rol doble frente al tema: por un lado, constituye prácticamente el único registro sistemático de los crímenes de odio, lo que le confiere un importante valor documental y de visibilización de los mismos; pero por otro lado, ha participado en la producción y reproducción de estereotipos y prejuicios sobre las víctimas (principalmente hombres gay y mujeres trans), contribuyendo así a la naturalización de la violencia contra las minorías sexuales del país. En este sentido resultan acertadas las palabras del fallecido Carlos Monsiváis, citado por los autores, quien en 1997 afirmó que en México fue la prensa quien inventó la homosexualidad… por lo menos como tema de opinión pública.

A lo largo de más de 100 años, explican Parrini y Brito, la prensa creó una forma de pensar la homosexualidad como conducta que se ubica en los límites del orden social y que lo contraviene. De ahí que los crímenes de odio sean, según esta construcción ideológica, una respuesta esperable frente a “una violencia previa que los homosexuales, y con mayor intensidad los sujetos trans, ejercen contra la sociedad y la naturaleza”. Para tal fin, señalan los autores, se valió de los mecanismos del escándalo y el escarnio, siendo la vida de reconocidos personajes, la epidemia del Sida y los primeros derechos reclamados por activistas ejemplo del primer mecanismo, y los asesinatos homofóbicos –donde la víctima es presentada como responsable de su propia muerte– muestra del segundo. Pese a que se observa un cambio en los discursos periodísticos a finales del siglo XX y principios del XXI, en buena medida debido al auge del discurso de los derechos humanos, algunos de ellos aún se muestran refractarios a este cambio y mantienen una retórica conservadora del orden sexual y de género que hace de las víctimas sujetos risibles.

Tres explicaciones recurrentes operan como justificadoras de dichos crímenes, al ofrecer razones para su comisión que parten de la víctima y no del victimario o del contexto en el que ocurren: el carácter pasional del crimen, la “rareza” de la víctima o la supuesta ofensa a la masculinidad de los agresores que habría motivado el asesinato. En estos argumentos se observa “una inversión de los actos y las responsabilidades”, un razonamiento tautológico del tipo “el homosexual es asesinado porque es homosexual” y una plausibilidad “en términos narrativos y sociales” de las causas, pese a que existe un “salto argumental y lógico” que no explica cómo un intento de seducción puede llevar a que una persona sea degollada, explican los autores. Si bien estos motivos son recurrentes en los discursos periodísticos, no se circunscriben a ellos y aparecen también con frecuencia en los jurídicos y judiciales, aclaran.

Destacan al respecto algunas semejanzas respecto al tratamiento policial y jurídico de los crímenes de odio homofóbicos y los feminicidios. Para que estos últimos fueran reconocidos en su especificidad y tipificados como tales, fue necesario que las feministas insistieran en su diferenciación de los crímenes pasionales, con los que usualmente son relacionados. Los crímenes pasionales han sido caracterizados a partir del “obnubilamiento de la razón por efecto de una emoción violenta”, señalan Parrini y Brito; no obstante, tanto en los asesinatos de hombres gay y personas trans como de mujeres, la saña que los caracteriza no es correlato de una confusión o pérdida de la razón, como lo han presentado periodistas y funcionarios judiciales. Por el contrario, da cuenta del “encono” hacia la víctima, pero también de una planificación previa. “Detrás de los discursos sobre la pasión”, explican los autores, “encontramos una educación sentimental que organiza los afectos y las emociones y que ofrece diversos modos de resolver los conflictos, entre otros, el asesinato y la violencia”. Esto da cuenta de un carácter estructural en los crímenes de odio por homofobia y los feminicidios imbricado con cierto tipo de relaciones sociales, formas de poder y representaciones sobre las víctimas, que las sitúan en una posición de inferioridad respecto a los hombres heterosexuales.

Esta semejanza es particularmente evidente en el caso asesinatos de hombres gay, pero en los reportes de asesinatos de mujeres trans lo que se destaca no es tanto el crimen pasional, como “las alteraciones en las identidades de género que se encontraron en el cadáver”, explican los investigadores mexicanos. En estos casos el eje narrativo de las noticias, pero también de las reconstrucciones policiales, es el “afeminamiento” de las víctimas. La “rareza” en este sentido sería un atributo propio de la víctima y no del crimen, pese a su brutalidad. Esta singularidad, de la cual no se habrían percatado sus victimarios al seducirlas y tomarlas por mujeres cisgénero, habría suscitado una respuesta “normal” de enojo ante su descubrimiento.

Los asesinatos de mujeres lesbianas también fueron considerados en la investigación. Empero, explican los autores, los reportes periodísticos de estos casos son escasos respecto a los de hombres gay y mujeres trans. Probablemente debido a un sub-reporte de los mismos, ya que pueden haber sido considerados como feminicidios sin especificar la identidad sexual de las víctimas. Los casos analizados muestran semejanzas con los de hombres gay, en tanto las notas se centran en la identidad sexual de las víctimas, como causa, y en la clasificación de los mismos como crímenes pasionales.

En México, el término “crimen de odio” empezó a ser usado por el activismo con el fin de refutar, por una parte, la clasificación de las agresiones letales contra personas LGBT, pero también para exigir el tratamiento específico por parte de las autoridades de estas violencias. Esto conllevó importantes avances, señalan los autores, como la creación de una agencia en el seno de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal especializada en violencias por sexualidad y género, la implementación de un protocolo de acción sobre el tema y la tipificación del odio como agravante de homicidio en el Código Penal de la capital mexicana. Probablemente debido a que el concepto empezó a ser empleado por el activismo, pero luego fue adoptado por organismos de derechos humanos, instituciones académicas y gubernamentales, se observa una constelación de sentidos que con frecuencia dan lugar a “tensiones interpretativas”, explican Parrini y Brito. Otra posible explicación, señalan los autores, puede deberse a que en México la discusión sobre estos crímenes sigue siendo empírica y casuística, dejando de lado los contextos que estructuran dichas violencias. Esto conlleva además a una gran limitación del concepto en materia explicativa.

Para un funcionario público entrevistado, por ejemplo, lo que define un crimen de odio es la motivación del autor frente a determinadas características de la víctima que la identificarían como no heterosexual, mientras que para otro es la saña del mismo. Esta segunda noción es compartida además por un abogado y un periodista con experiencia en el tema que participaron en la investigación y para quienes el rasgo distintivo de estos crímenes es el exceso de violencia. No obstante este sea un elemento recurrente, las explicaciones que dan prelación a la saña fallan al establecer un vínculo entre la intensidad del odio y las relaciones y significados sociales en torno a la homosexualidad, afirman Parrini y Brito. Además, al señalar que lo que sustenta el crimen de odio es una singularidad de la víctima en términos de deseo, ambas perspectivas centran de nuevo la atención en ella y dejan de lado las condiciones de posibilidad del asesinato. La diferencia en materia de orientación sexual o identidad de género constituye así “el antecedente del crimen y su razón”, explican.

Algo distinto se observa en las perspectivas de las investigadoras e investigadores sociales entrevistados, que enfatizan lo que rodea el crimen y no su singularidad. Uno de ellos señala que quien comete los crímenes de odio no es alguien “desquiciado”, en tanto cumple un “mandato social” relacionado con las construcciones normativas de la masculinidad. Al estar presente antes del asesinato y en la interpretación que justifica el mismo, el odio sería mucho más que una motivación. En palabras de los autores: “El odio sería el espacio entre la norma y la conducta y entre los comportamientos y sus explicaciones. Irrumpe, al parecer, como una fuerza irracional, pero luego muestra su inscripción en mandatos sociales específicos. Parece motivado por circunstancias inmediatas, pero luego encontramos sus motivaciones culturales y estructurales que superan los comportamientos individuales”. En este sentido, el acto homicida sería sólo un punto, el más alto, de un proceso que antecede y sucede los hechos y que se encuentra profundamente imbricado con una “violencia social persistente”.

Otra investigadora llama la atención sobre el carácter estructural de dichas violencias que permiten relacionarlas con los feminicidios. Además de la falta de interés del Estado en estos crímenes y la impunidad derivada de ello, en su opinión los crímenes de odio por homofobia y los feminicidios comparten la intención de “destruir lo femenino”. Serían producto no de unas prácticas o comportamiento sexuales de las víctimas, sino de una misoginia. “Si la similitud entre los crímenes de odio por homofobia y los feminicidios residiera en un rechazo a la feminidad y en un intento semejante por destruirla, entonces las estructuras sociales y simbólicas que están en juego se relacionarían directamente con el sistema de sexo género (Rubin, 1996) o con los aparatos reguladores del género (Butler, 2004)”, afirman los autores. “Otra perspectiva, aunque no contradictoria, también pensaría una relación con la heteronormatividad y el heterosexismo (Butler, 2001; De Lauretis, 1996), que no se agota en los aparatos reguladores del género. El tema que emerge desde este punto de vista es tanto la regulación de las corporalidades como del deseo”, concluyen. En este sentido, el concepto de “crimen de odio” revela sus alcances, al trascender el ámbito casuístico, dar visibilidad y especificar la violencia contra las personas LGBT, así como al cuestionar “la diferencia” como sustento o motivación de la misma.

Pese a las “tensiones interpretativas” entre los discursos jurídico, judicial, periodístico y académico, un elemento común es el lugar central que ocupan emociones como la pasión o el odio. Muchos casos pueden ser explicados desde cualquiera de los dos puntos. Sin embargo, comentan Parrini y Brito, estas emociones suelen ser consideradas como elementos antitéticos y mutuamente excluyentes, como si sexualidad y violencia, pasión y odio, deseo y muerte no pudieran establecer vínculos entre sí. Los autores llaman la atención respecto a las formas complejas en que estos elementos se cruzan y solapan, puesto que esta mirada permitiría una mejor comprensión de las violencias estructurales que sustentan estos crímenes, pero que, en tanto se manifiestan de formas parciales según el caso, no son vistas en su interrelación.

“De este modo, no se trata de establecer si todos los asesinatos de personas LGBT son crímenes de odio o son pasionales. La casuística puede ser muy variada. Lo que debemos considerar es en qué medida el odio está presente como una fuerza destructiva y homicida en esta violencia. Si bien ninguna categoría cubrirá todos los casos, el odio puede dar cuenta de un porcentaje importante, si logramos contextualizarlo. Puede haber, sin duda, otros motivos [como el robo]. Pero es necesario sostener que incluso en esos casos, la violencia estructural estará presente. De esta forma, el concepto no sólo permitirá dilucidar los homicidios [sino también el] sustento de las muchas expresiones de la violencia contra las minorías sexuales en el país. Si el odio y la pasión son emociones sociales, estarán marcadas ambas por las representaciones hegemónicas sobre la sexualidad, la normalidad, la masculinidad, la moralidad, el cuerpo, entre otras. En la transformación de esas representaciones emerge una ruta para la modificación de las emociones y de la violencia que las acompaña”, concluyen los investigadores.

Fuente: CLAM.



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